Alejandro Ratia: La línea reflexiva

Texto para el catálogo de la exposición Homenaje a Alberti, celebrada en el Centro Cultural La Corrala de la Universidad Autónoma de Madrid, 2017

En su libro “A la pintura”, Rafael Alberti va metamorfoseándose, adaptándose a los diferentes pintores en quienes se detiene. Los suntuosos versos dedicados a Rubens, o los satíricos para El Bosco, se convierten en heptasílabos austeros y ordenados cuando se trata de Piero della Francesca o de Poussin. “La línea reflexiva” es el primero de los versos que encadena para Piero. En los dedicadas al francés (pero romano de adopción como Alberti) se habla de una razón que se hará pura “plástica permanente”, pero también se advierte, para confusión de cartesianos de pacotilla, que “cuanto más laberinto/ más claro el pensamiento”. Agnes Martin dijo que cuando se planteaba qué era el arte, no podía evitar pensar en la belleza, pero que esta belleza era “el misterio de la vida”, algo que no estaba en la mirada, sino en la mente. Pintura como cosa mental, aunque compleja y laberíntica.

Del mismo modo que un puzle blanco es más difícil de resolver, los laberintos ordenados son los más auténticos. Lo reiterativo se hace imagen de una realidad que nos desborda. Las pinturas de Enrique Veganzones pueden verse así como muestras de lo infinito. Como en el maestro Piero, el dibujo trabaja tras estos cuadros, la aludida “línea reflexiva”. Una pintura pautada y musical. Imprevisible pese a la repetición de los módulos que la componen. Cada pequeña novedad plástica que introduce el pintor o, mejor dicho, cada forma que se deja descubrir por él, sirve como semilla para una sucesión inagotable, donde cada célula formal demuestra una única y vertiginosa individualidad. En algunas de sus obras, la materia parece que se hace aún más sutil, y los límites revelan una indecisión cromática, como la que se observa en los crepúsculos, o la que puebla los bordes de los lienzos, donde los pintores limpian los pinceles. En estas obras es donde la propia disciplina (la pintura) se manifiesta como tema escondido, haciendo de ellas el correlato idóneo para la música de José Buenagu que lo es, a su vez, de esos sonetos y poemas epigráficos que intercaló Alberti entre los versos dedicados a sus pintores, elementos de una arquitectura más abstracta, ya sin firmas y sin fechas, referidos a los instrumentos de la pintura y sus colores, un vocabulario de entes vivos, ladrillos de un laberinto del que nunca se podrá salir (y felices de que sea así).