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Mara Mira: “En la vertical de la pintura”

Texto del catálogo de la exposición La pausa, celebrada en la Galería Art Nueve, Murcia, 2005

“El aceite (el óleo) es la misma sustancia que sirve de alimento a la pintura. Para un pintor abandonar el óleo es sacrificar a la pintura misma, el gesto culinario que, míticamente, le da fundamento y la mantiene”.
Roland Barthes

El pintor Enrique Veganzones desarrolla una poética pictórica desde una rigurosa y severa economía de medios. No es un artista excesivo o enfático: ordena el caos intentando una depuración formal que prescinde de todo lo accesorio. Esta sustracción hacia lo voluptuoso del color le ha llevado a pintar cuadros completamente blancos durante cinco años. Pero qué croma hay que revele más sutiles cambios de matices que el blanco. Ahora, en esta exposición para la galería Art 9 que es también su presentación individual en Murcia, los colores contundentes acuden a sus estudiadas composiciones geométricas regidas por la verticalidad; una constante que le acompaña desde hace años y que el artista considera como un elemento organizador sobre el resto de obra. Nada se deja al azar en estos cuadros que previamente el artista visualiza como composiciones sobre papel, como dibujos que codifican la pintura.

Al dibujar se responde al pensamiento, la situación que se produce es sutil e inaprensible. Con la mano se representa, se hace presente, visible, aquello de lo que habla el dibujo. Su carácter subjetivo es lo que determina su valor porque implícitamente, el artista proyecta el deseo de volver a hacer presente una imagen mental. Dibujar equivale a pensar, a plantearse un reduccionismo drástico que llega al fondo del inconsciente y el inconsciente de Veganzones tiende al orden elegante, proporcionado, de la sección áurea y sus sesgados armoniosos sobre la cuartilla blanca. Sus papeles, después lienzos, son surcados por masas verticales que ordenan ceremoniosamente la composición. Entre los espacios verticales siempre hay alguno que reserva para el blanco.

Este aparte me lleva a recordar que para construir un cuarteto, un poema en la cultura china, cuando se debe describir una verdad inalcanzable se articula el poema alrededor de un vacío central: puesto que lo esencial es innombrable, sólo se puede hablar rodeando el tema, circundando el vacío. Podríamos pensar que Veganzones hace lo mismo, sólo que en vez de vacío utiliza el blanco; croma que refleja, neutraliza o enfatiza lo que va a contar el color. Todo va a depender de nuestra mirada, de nuestra aproximación al lienzo cada día. Crea así un imaginario evocador, tranquilo, misterioso que es capaz de sugerir más allá de la evidencia. Como el mismo manifiesta: Orientado en franjas verticales, cada blanco mantiene un sutil diálogo con su contexto, y adquiere su identidad experimentando cambios en su temperatura, su profundidad en el espacio, su apertura o cierre (su opacidad), su sincronía con la luz que ilumina el propio objeto. Redescubrir así el blanco es recuperarlo más valioso, presente en cada matiz diferente.

Como hemos avanzado Veganzones ha empezado a utilizar colores verdes, azules, ocres…., pero esta enumeración somera de las cromas en nada hace justicia a los tonos tornasolados que consigue a base de suaves y aceitosas veladuras; capas de pintura que el arista deposita una sobre otra en un gesto controlado (siempre en línea recta) y de incesante repetición. Además se nutre exclusivamente de pintura, de óleo. Utilizar este material supone un proceso lento que le hace convivir con una misma obra un tiempo determinado: aquel que tarde en secarse la capa dada para poder trabajar de nuevo sobre la obra. El tiempo, la espera, es el gran demiurgo de los artistas que trabajan así con la materia. Esparcir el óleo por substratos le permite jugar con la untuosidad de cada color extraído del tubo y, mezclado con barniz que se fabrica él mismo, controlar las distintas densidades.

Tanta esencialidad le permite crear un universo singular de sutilezas y matices que deben ser vistos al natural, no tanto por sus dimensiones como por la intensa sensualidad de sus cromas que sugieren reveladoras formas, densidades contrapuestas que asemejan presencias flotantes a merced del movimiento de la brocha del artista que se dice y se repite como un eco fluctuante, monótono y sosegado. Mientras, la mancha que mece la brocha respira, se dilata en suave movimiento expansivo sobre la vertical del cuadro, se revela en elocuente visualización: la animación de la materia que creímos inerte (qué error) cobra vida, porque qué mancha no tiene vida desde el principio de los tiempos, hace unos 14.500 millones de años, cuando la materia era una sopa informe y espesa de quarks a la espera de la vida compleja.