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José Buenagu: “Sobre Enrique Veganzones”

Texto para el catálogo de la exposición celebrada en el Museo de San Javier, San Javier (Murcia), 2003

Hoy quiero mirar la pintura de Enrique Veganzones con palabras de músico. Tratar de explicar el portento de una fusión mágica e intentar, con el decir natural – el de las gentes de la calle – acercarme, por ejemplo, al sutil quiebro de las líneas de aquellos dibujos de escuela, cartulinas de juventud, cuando la promesa apuntaba y se abría paso en el alma de artista, sin definir aún el alcance de su proyecto. Con palabras de músico he percibido en la plumilla de aquellas figuras la graciosa fluidez de una sucesión de danzas, como si el espíritu de alguna Suite inglesa de Bach se estuviera filtrando en el cuaderno de trabajo de Veganzones, (por entonces alumno de la Facultad de Bellas Artes de Madrid).

De esas fechas no es solamente una DISCIPLINA cautiva en la bien aprendida lección. Porque cuando el pulso individual de Veganzones pugnó por superar los límites escolásticos para mostrar sus primeras señas de identidad pictórica, allí aparecieron con deseos de libertad el entusiasmo y los jugueteos de la propia experimentación, y lo harían – digo yo – con apresurada ansiedad por mostrar sin tapujos que el motivo, la forma, el color, no terminan por ser tan solo cosas de la Escuela, sino exigencias artísticas sin final, cuando el GENIO está presente. Otra cosa es que motivo, forma o color rebosen los límites de la inspiración elemental y se sometan a una guía, a un escrupuloso control. Así ocurre en el caso de seres como Veganzones y otros afortunados que, de una parte, acarrean por las venas la creatividad, la expresividad y el TALENTO como sustancias propias, y de otra se doblegan al mandato de la razón, del rigor. En definitiva, esa feliz fusión termina por imponerse y hacerse destino. En este punto se me enreda en la tinta el romántico hamburgués Felix Mendelssohn, a propósito de lo mucho que su música tiene de estallido jubiloso, aunque filtrado desde muy joven por un precoz y meritorio AUTOGOBIERNO. No hay sino escuchar, pongamos por caso, su Octeto en Mi bemol, para constatar que a pesar de estar escrito bastante antes de los 20 años de edad (como sus 12 Sinfonías para cuerdas – insistiendo en el ejemplo -), exhibe la fortuna de un aliento vigoroso e irrefrenado, pero sometido a la voluntad del compositor, en cambio de alocado. Así entiendo que se daba también, desde entonces, en la primeriza pintura de Veganzones.

Después hay un tiempo en que no sé de este creador, y pienso que habré perdido ahí la ocasión de decir más cosas. Pero no importa, puesto que lo útil no es que yo haya sabido de Veganzones palmo a palmo, sino que él continuó sin fisuras avanzando camino, AFANOSO y HONESTO como a mí me parece que es él. (Entiendo que en esto me ocurrió como cuando los parisinos perdieron al inefable Chopin en los meses en que se escondió con su amada novelista en Valldemossa, para reaparecer más tarde con bellísimas novedades musicales, en especial esa joya que son sus 24 Preludios. O como, por agrandar el paréntesis, cuando la obra de Hector Berlioz se me pierde a mí en La condenación de Fausto, Opus 24 y no sé más hasta su gran trilogía que es La infancia de Cristo, Opus 25. Parece nada, por el hecho de que llevan nº de opus correlativos, pero es que entre ambas creaciones pasaron 4 ó 5 años de la vida del músico, con varias composiciones en su catálogo, que confieso no haber leído ni escuchado.

¿Y qué?… Pues nada, que Berlioz – naturalmente – cumplió su brillante destino, lo leyéramos los demás o no, lo escucháramos o no. ¡Faltaría más!).

Hay dos cosas en la pintura de Enrique Veganzones que me atraen siempre: la NO PRISA POR DECIR y la FINURA AL HACER. A veces me creo que le da lo mismo desarrollar un tema en un solo cuadro que en una serie de ellos, como también se me antoja que el atropello de la vida de hoy no es capaz de amenazar la pulcritud de su trabajo. Me lo figuro – puedo equivocarme, cómo no – esperando dramática pero rigurosamente la oportunidad para proyectar, madurar, preparar, elaborar, detallar, salir de sí mismo para evaluarse con una objetividad cuya trascendencia él otorga fríamente. Me lo figuro sabedor de que bajar la guardia sería jugar al peligro consigo mismo y con su futuro. Claro que tal vez no sea Veganzones tan cerebral; tal vez me estoy entrometiendo con buena intención pero con alevosa frivolidad y fantasía. Por lo tanto y para no propasarme, repetiré lo que querría decir sobre él pero con palabras de músico, que es más natural en mí, y haré una observación pisando fuerte: yo creo que La consagración de la primavera existió virtualmente desde que Stravinsky sintió la vibración de tan poderosísimo germen musical (nacido en parte de melodías de la tradición lituana, y al servicio escénico de antiguas ceremonias rituales eslavas). Pues bien, desde la desnudez e impacto tímbrico con que comienza el ballet, se percibe ya un compromiso tanto de síntesis como de lenguaje – nada simple pero sí directo, este último-, que podrían haber conformado la obra con mayor o menor vuelo, sin perjuicio artístico en todo caso. Porque lo que no parece cuestionable – también desde que inicia la música- es la extremada voluntad expresiva volcada en cada nota, silencio, línea, colorido, ritmo. Transcrito esto a la pintura de Veganzones podría valer, para mí.

Y luego, todavía reciente, hay que detenerse a disfrutar el estado anímico que es su “serie blanca”. Allí el ORDEN, la ECONOMÍA, la SENSIBILIDAD A FLOR DE PIEL, también la voz quedada, el equilibrio, la sublimación de intereses. En la primera contemplación de estos cuadros me di cuenta de que era simplemente
hermoso que tanta medida llena de vacío tuviera un contenido suficiente, total. Eso sí, para percatarme de que el vacío significaba en este caso “contenido”, me fue necesario posar ante los cuadros sin prisa. Pero he aquí que, a un cierto momento, comprendí que aquel aparente vacío no era tal, sino que tenía nombre, cualidad y textura propios: era “el blanco”, y desde entonces había que re-entenderlo todo en consecuencia. Corregí mi percepción anterior y ya pude gozar esos cuadros de otro modo, que yo creo más evolucionado y cabal. (Seguramente los seres realmente ilustrados en el arte pictórico serán capaces de descubrir la misma cosa que yo sin tanto proceso. Me excuso). Con palabras de músico es para mí más fácil comprender el fenómeno, pues aunque en apariencia este caso tenga una dudosa transcripción, no es difícil encontrar en nuestra época – también en anteriores – esa similitud que el aparente vacío de un cuadro encuentra en el silencio musical y, dentro ya de este, la textura y la cualidad que la atmósfera le confiere. Tampoco deja el silencio musical de tener un nombre: espacio, podría ser. Y en términos prácticos, nuestra atmósfera es la dimensión adecuada donde acomodar al silencio en música (al silencio mecánico, funcional, y al sonido de un silencio sustancial): espacio musical, pues. ¿Qué más? O mejor, ¿Por qué más?

Pues sí, tal vez algo importante está apunto de escaparse escondido, y es preciso rescatarlo aquí. Me refiero a que PLEGADO A SU PINTURA ESTÁ EL HOMBRE. No tengo yo jerarquía para definirlo en este caso con aceptable plenitud, ni siquiera conocimiento suficientemente profundo de él, a tal efecto. No obstante, remirando este repentino papel destacan vocablos que, curiosamente, no he evitado escribir con mayúsculas. Seguramente es que, creyéndome dibujante, ¡pretendí con ellos una caricatura del pintor!

Hoy he querido mirar la pintura de Veganzones con palabras de músico. Pero hoy quisiera, además, ver la pintura que Enrique Veganzones creará en los tantos “mañana” que le esperan. No sólo me gustaría contemplarla ya, sino que querría también, con palabras de músico si es posible, gozarla.