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Isabel Belmonte: “La pausa”

Texto para el catálogo de la exposición La Pausa, Galería Edurne, Madrid, 2004

Enrique Veganzones presenta una nueva serie bajo el título de “La Pausa”, una propuesta que supone un regreso al color, ausente en las anteriores “Pintura Vertical” y “Orientes”. Mantiene respecto a éstas la rotunda verticalidad en las composiciones, lo que da continuidad, en lo plástico y en el trasfondo, a su trabajo de los últimos años.

Estas nuevas obras son imágenes que se nos muestran acotando un espacio y un tiempo, contexto de color para una franja vertical blanca, metáfora de La Pausa. Aparece unas veces antes, otras después, como también sucede a lo largo de la vida. Y es que ésta transcurre teñida del color de la monotonía, de la prisa, de lo cotidiano; del color de los mil asuntos que nos ocupan: relaciones familiares, el tiempo dedicado a la pareja, el trabajo, las labores del hogar, el transporte… y nos parece que la vida, nuestra vida, es este dejarnos arrastrar por una fuerza centrífuga que parece no tener fin.

Las circunstancias y nosotros mismos vamos tiñiendo un lienzo de tonos que predominan sobre otros muchos matices y así vemos vidas grises, vidas que resplandecen con un dorado, vidas rojas, verdes.

Y de improviso irrumpe la pausa. La pausa pictórica se plasma en blanco. Donde la apariencia visual nos engaña y nos muestra que está vacío, es blanco, no ocurre nada. La pausa puede ser buscada para el descanso, la oración, la meditación, o, por el contrario, forzada por la enfermedad, la tragedia o la misma muerte. Podría decirse que es el momento del vacío, a veces del sinsentido. Parece que el color se ha marchado y que el blanco bruscamente ha borrado cualquier otra referencia cromática.

Pero si hacemos el esfuerzo de mirar con detenimiento percibimos un blanco denso, con una rotunda verticalidad, en constante movimiento de ascenso/descenso. Queramos o no, la pausa nos remite fuera de nosotros, en el vacío irrumpe la trascendencia y vivimos ese momento con otra dimensión diferente al color de lo cotidiano.

Es, en definitiva, una invitación a detener el tiempo y el espacio, permitir que fluya esa otra dimensión y así poder deleitarnos en la pausa.