san Bernardo

Montserrat Acebes de la Torre: “Arquitecturas del silencio”

Texto para el catálogo de la exposición Las cosas mudas, celebrada en el Monasterio de Santa María de Valbuena, Valladolid, 2007

La exposición que Enrique Veganzones presenta en el monasterio de Santa María de Valbuena, se gesta durante el seminario “Experiencia de Dios a través del Arte”, celebrado en ese lugar. Tal vez, una fuerza superior propició el encuentro entre artista, arquitectura y espíritu cisterciense, porque la racionalidad y extremada pureza en el trazado de sus cuadros armonizan con la sobriedad y elegancia de las líneas arquitectónicas de este estilo, cuya estética se torna en punto de referencia para las obras del artista que hemos denominado arquitecturas del silencio.

Las fuentes en las que se fundamenta su abstracción geométrica -como cualquier artista culto- son múltiples y diversas percibiéndose ciertas connotaciones en la línea que va desde el suprematismo y el neoplasticismo hasta las diferentes corrientes de la arquitectura internacional y las propuestas de la Bauhaus, así como con el expresionismo americano de los campos de color, si bien tras una profunda reflexión y su visión personal ha sabido hacerlas suyas de tal manera que adquieren entidad propia.

Abstraer algo implica en ocasiones degradarlo, pero no es el caso de este artista, cuya abstracción consiste en sintetizar y simplificar, para deshacerse de todo lo banal y así llegar a la esencia de las cosas. Libera la pintura de la carga descriptiva del objeto refugiándose en las formas geométricas porque está convencido de la importancia primordial de la línea recta y busca como Mondrian, en su verticalidad y horizontalidad la claridad y el orden. No pretende llegar a la representación ilusoria basada en la imitación de la naturaleza sino a expresar su realidad interior. Los referentes que se agolpan en su espíritu y en su mente son tan diversos que se hace difícil exteriorizarlos. Siente lo mismo que Hofmannsthal manifestaba en su Carta de lord Chandos: “El desfallecimiento de la palabra y del naufragio del yo en el fluir convulsionado e indistinto de las cosas, ya no nominables ni dominables por el lenguaje”(1). Por eso el artista se ha desprendido de todo carácter figurativo reduciendo su lenguaje plástico a trazos y tenues planos de color. Ninguna forma figurativa le parece suficiente para poder expresar la realidad objetiva, el flujo secreto de la vida lo aferra y lo invade de tal manera que se funde en un todo donde es difícil separar el color de las emociones.

Lo que impresiona a Enrique Veganzones como a Hofmannsthal no es el silencio de la realidad, sino la multiplicidad simultánea de sus voces, de ahí que sus trazos se multipliquen, se desdoblen, se fragmenten o se asocien en una sinfonía sin límites que deja en expansión, cuyo entramado reticular desborda el propio marco como en los campos de color, buscando espacios infinitos para llegar a lo inabarcable, así logra que lo insignificante, con su mente creadora y la sensibilidad de artista, nos asombre y nos conmueva, trascendiendo en su obra de lo bello a lo sublime. En un intento de aprehender esas imágenes, así como las emociones que suscitan, las líneas quedan atrapadas en las figuras geométricas, como pentagramas sin notas cuya ausencia nos habla del silencio, de las cosas mudas.

La superficie del soporte se fragmenta en estructuras compositivas matemáticas, que se expanden siempre en un equilibrio perfecto sin la referencia de un eje de simetría. Esa atomización en pequeñas unidades modulares parecen flotar sobre la superficie creando un ritmo pausado con intervalos regulares a base de ilimitadas variaciones de lo mismo, que como mantras -dice el artista- aún siendo iguales cobran sentidos diferentes dependiendo del momento o de la circunstancia. Actúan del mismo modo que los sillares de la arquitectura cisterciense, a primera vista parecen idénticos e impersonales, pero si fijamos nuestra mirada y contemplamos cada uno de ellos, podemos observar una muesca, ciertas imperfecciones u oquedades, que ponen en evidencia la impronta del paso del tiempo o nos desvelan la huellas del ser humano que realizó la traza.

Las estructuras cuadrangulares y rectangulares como vanos de sus arquitecturas imaginarias nos invitan a introducirnos en el espacio interior buscando las realidades últimas, “la segunda vida de las cosas”, que el artista con un espíritu sensible intuye como lo inefable, pero que le es muy difícil expresar con su lenguaje plástico quedando reducido al mínimo tanto en las formas como en el color y la materia. La eliminación de todo lo superfluo, la proporción entre fondo y figura, la supresión de los contrastes intensos de color confieren a la obra una gran claridad compositiva y al modo del Estilo Internacional, en la arquitectura de mediados de s. XX, origina un nuevo concepto de organización espacial. El fondo se libera entre la multiplicidad de miniestructuras y fluye por todo el cuadro en un continuo en el que se puede hablar también del factor tiempo. El artista, al suprimir el muro de contención, genera un espacio abierto, sin límite que nos da idea de continuidad, consiguiendo proyectar en ese vacío, como metáfora del silencio -donde está lo absoluto, la nada y el todo- un gran cúmulo de sensaciones y vivencias hasta fundirse la obra y su propio yo.

Por otra parte ese espacio abierto mantiene cierta unidad en el color que el artista utiliza de forma magistral. Con el último intervalo, acota la estructura modular en expansión, traduciendo su esfuerzo por lograr contener todo aquello que brota de su mente, que se propaga hacia dentro y hacia fuera como símil de continuidad en el tiempo y en el espacio, al multiplicarse hasta el infinito para encontrar la expresión mística superior que se percibe en el hombre y en el universo.

La gama ensordecida de verdes desvaídos, de tierras, de colores neutros entonados en suaves cadencias, nos llena de calma y sugiere una lírica cargada de espiritualidad, cumpliéndose el deseo del artista de implicar al espectador en la contemplación. No obstante, a pesar de esa austeridad, saca partido al color realzando unas veces las figuras y otras el fondo, o jugando con los ocres y el contraste entre el negro y un blanco roto. La fragmentación de las formas rectangulares y cuadrangulares, en tercios o mitades respectivamente, mediante perfiles, a base del lápiz en tono más subido o del negro del grafito, consigue que esas figuras se desdoblen o se plieguen en planos de colores, con los que por degradación o contraste obtiene movimientos contenidos. En estos juegos se aprecia un dominio magistral del oficio obteniendo como resultado una pintura muy elaborada, de elevadísimo purismo conceptual.

En algunos cuadros la delgadez de la capa de acrílico o de óleo, produce una sensación de desmaterialización, cobrando protagonismo el soporte al aflorar la textura del lino crudo. La materia se aplica mediante pincelada plana y a veces se arrastra. En cualquier caso queda la huella del artista como seña de identidad de su ser único e intransferible.

Estas obras de Enrique Veganzones irradian una elegancia clásica, tanto en la economía extrema de formas y colores como en el equilibrado juego de verticales y horizontales, así como en la armoniosa y, por qué no decirlo, laboriosa perfección del vacío y el lleno que nos hacen recordar a Mies van der Rohe y su idea de que “menos es más”.

Podemos hablar de una mística de las formas, del color y de la materia que se diluyen para dejar con humildad franciscana que la línea adquiera protagonismo y contenga el espíritu desbordado del artista consiguiendo la expresión de la realidad pura de lo autentico, mediante la sencillez y nobleza de las formas que rozan lo sublime.

Creemos que Enrique Veganzones ha conseguido descifrar y expresar el difícil lenguaje de las cosas mudas. Ante su obra cobran sentido las palabras de Baudelaire

Detrás del tedio y los grandes pesares
Que abruman con su peso la existencia brumosa,
Dichoso aquel que puede con ala vigorosa
Arrojarse hacia los campos luminosos y serenos;
¡Aquel cuyos pensamientos, cual alondras,
Hacia los cielos matutinos tienden un libre vuelo!
¡Que se cierna sobre la vida, y alcance sin esfuerzo
El lenguaje de las flores y de las cosas mudas!
“De elevación”, Las flores del mal

(1) Hofmannsthal, Hugo von, Carta de lord Chandos, Murcia, ed. Comisión de Cultura del Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, 1981, p.11.

Montserrat Acebes de la Torre es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte